En Uruapan, donde la cultura a menudo avanza a contracorriente, hay historias que vale la pena contar. Entre ellas está la de Jesús Alejandro Gaona Rivera, un joven músico uruapense de 22 años cuya vida parece escrita a través de melodías, viajes y disciplina.

Su primera conexión con la música nació en casa, entre discos de Mozart y tardes donde lo clásico convivía con lo tradicional. El menor de seis hermanas, Jesús creció rodeado de sonidos que, sin saberlo, ya afinaban su destino. Pero fue una invitación sencilla la que cambió todo: su hermana Alejandra, entonces integrante de la Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil de Uruapan, le pidió que la acompañara. Él aceptó… y ahí comenzó su historia.

Tenía apenas 10 u 11 años cuando conoció la flauta transversal. El flechazo ocurrió antes, a través de un video de YouTube: un cover de Contradanza interpretado por The Planets, donde la flauta brillaba con personalidad propia. Ese sonido se le quedó sembrado. Poco después, al ver una flauta real colgada en una tienda de música del centro, entendió que ese era su instrumento.

A partir de ahí todo avanzó con una mezcla de curiosidad, talento y constancia. La orquesta se convirtió en su segunda casa durante siete años, y allí construyó las bases que después lo impulsarían a dar un salto poco común: ingresar directamente a la Licenciatura en Música en la Facultad Popular de Bellas Artes, brincándose los antiguos años de propedéutico. Hoy cursa el último año de la carrera, orgulloso de ese camino que empezó por una invitación familiar.

Como muchos jóvenes artistas, enfrentó comentarios clásicos: “de eso no se vive”, “te vas a morir de hambre”. Incluso llegó a inscribirse también en una ingeniería, empujado por el cliché social de que Ciencias y Artes no pueden convivir. Pero el destino, o tal vez la música, lo acomodó todo. La pandemia lo obligó a pausar la ingeniería y, poco después, recibió la noticia de que había sido aceptado directamente en licenciatura. El mensaje era claro.

Desde entonces, su crecimiento no se ha detenido. Jesús ha sido solista con la Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil de Uruapan y con la Orquesta de Música Antigua Morelia Valladolid, de la cual es integrante. También fundó el Quinteto de Alientos de la FPBA, con el que viajó a Francia llevando música purépecha en arreglos originales. Ha participado en festivales nacionales, en la Convención Internacional de Flautas en Xalapa y en proyectos como Cruzando Fronteras, que lo llevó a Alemania. La música lo ha hecho viajar, conectar y descubrir mundo.

Hoy, además, es profesor en la misma orquesta que lo vio nacer como músico, un círculo que se cierra y se expande a la vez.

Cuando se le pregunta qué hace falta en Uruapan para que más personas se acerquen a la música académica, Jesús lo resume en tres palabras: conciencia, respeto y curiosidad. Conciencia para reconocer que existen muchos géneros; respeto para valorar todos los gustos; y curiosidad para aventurarse a escuchar algo distinto. Añade una cuarta que se vuelve inevitable: difusión. Todavía hay quienes desconocen que la ciudad cuenta con una orquesta sinfónica, y para él, eso debe cambiar.

Al final, cuando se le solicita definir qué significa la música, hace una pausa. Respira. Y responde sin prisas: la música es un modo de vivir. Es sensibilidad, disciplina, refugio. Es lo que lo sostuvo en pandemia, lo que le ha dado lugares, amistades, oportunidades y calma. “La música es parte de mí”, dice. «Es el filtro que hace más digerible el mundo”.

En Uruapan, donde las historias culturales abundan pero pocas se cuentan, la trayectoria de Jesús Alejandro es un recordatorio de lo que ocurre cuando alguien decide escuchar su propio sonido y seguirlo. Una flauta que, desde hace años, encontró su lugar… y lo sigue llenando de vida.