Los pueblos son lo que sus hijos han hecho de ellos. Las obras históricas son testigos de lo que pensaron sus habitantes, en su momento, de lo que hicieron sus manos, de lo que hicieron para no morir del todo: “Non omnis moriar”, decían los antiguos: “No moriré del todo” y ese es el sentido que tienen los monumentos que el tiempo ha colocado en estos lugares para decir lo que fueron sus habitantes en su momento.

   Si el hombre no escribiera, ¿qué sería de la palabra? ¿Qué sería de su palabra? ¿Dónde quedarían sus verbos de excelencia o sus palabras de viento? Si el hombre no construyera, ¿dónde viviría? ¿O qué arquitectura hablaría de la belleza de su arte o de la carencia de eso? Si no atrapara los sonidos en sus ritmos musicales, ¿dónde irían a parar sus inspiraciones o sus creaciones musicales? ¿Dónde estarían tantas canciones, tantos ritmos, tantas pirecuas, tantas obras de maestros del sonido, de la nota?

   Uruapan tiene monumentos que hablan no solo de sus aspiraciones, sino también de la grandeza de sus concepciones. Y ahí tenemos los monumentos tan conocidos de La Huatápera, de los Mártires de Uruapan, el monumento a Morelos, o la misma estatua de Juárez, hecha por Francisco Zúñiga. Ahí tenemos la Casa de la Cultura, el Templo de S. Francisco o el de la Inmaculada y otros tantos monumentos religiosos, con su boca de Historia y sus guiños de hermosura y de belleza. Pero también hay otros monumentos que son del municipio de Uruapan y que no mencionamos: El Templo de Santiago en Angahuan o el templo de S. Francisco en Corupo. ¿Los conocemos? ¿Los apreciamos?